Soledad emocional o social: por qué puedes sentir ambas

Una figura sola dentro de una multitud junto a una figura sola por sí misma, dos clases de soledad

La soledad casi nunca se comporta como esperamos. Puedes estar rodeado de gente que de verdad te cae bien y aun así sentir un vacío en el pecho que ninguno de ellos alcanza. O puedes pasar días sin apenas decir palabra a nadie y sentirte curiosamente tranquilo, hasta que una noche callada el silencio se vuelve pesado y no sabrías decir por qué. Si alguna vez te ha confundido tu propia soledad, esa confusión suele significar que estás sintiendo dos cosas relacionadas a la vez, y no responden a lo mismo.

Ponerles nombre ayuda más de lo que crees. En cuanto sabes distinguir qué clase de soledad sientes, la pregunta de qué hacer al respecto deja de ser un vago "debería socializar más" y se convierte en algo sobre lo que sí puedes actuar. Este texto recorre las dos clases con calma, por qué pueden aparecer juntas y cómo averiguar cuál de ellas te acompaña esta noche.

Las dos clases de soledad que describe la gente, y por qué se sienten distintas por dentro

El psicólogo Robert Weiss pasó años escuchando a personas que se sentían solas y notó algo útil: no todas describían el mismo sentimiento. A unas les faltaba una persona cercana, un confidente, alguien que las conociera de verdad. A otras les faltaba un sentido de pertenencia, un grupo, un ambiente, un lugar donde encajaran. A la primera clase la llamó soledad emocional y a la segunda soledad social, y la distinción ha resistido bien en las décadas de investigación sobre la soledad que han venido después.

Por dentro se sienten bastante diferentes. La soledad emocional es íntima y concreta. Es el anhelo de alguien a quien llamar cuando pasa algo bueno, alguien que notaría si te quedas en silencio, alguien con quien puedes bajar la guardia. Puedes sentirla en una sala llena. La soledad social es más amplia y más ambiental. Es la sensación de no tener una tribu, de ver cómo se encienden los chats de grupo de los demás mientras el tuyo sigue quieto, de quedarte un poco fuera del calor. Una tiene que ver con la profundidad, la otra con la pertenencia, y puedes pasar hambre de cualquiera de las dos mientras la otra está bien alimentada.

Por qué puedes tener una agenda social llena y aun así sentirte solo emocionalmente

Esta es la versión que más confunde a la gente, porque vista desde fuera parece una contradicción. Tienes amigos. Te invitan a cosas. Tus fines de semana no están vacíos. Y aun así hay un tipo concreto de vacío que nada de eso toca. Eso es soledad emocional, y una vida social agitada no hace casi nada por aliviarla, porque lo que pide no es más gente sino más profundidad con alguien. Si te identificas con esto, quizá valga la pena leer por qué puedes sentirte tan solo aunque tengas amigos, porque ese hueco es justo lo que nombra la soledad emocional.

Pasa por razones de lo más comunes. Quizá tus amistades son cálidas pero se quedan en la superficie, todo planes y conversación ligera y nadie pregunta nunca cómo estás de verdad. Quizá te mudaste, y la gente que conocía toda tu historia ahora vive a varios husos horarios de distancia. Quizá tienes pareja pero la relación se ha quedado callada, que es su propio rincón solitario. El hilo común es que la compañía y la cercanía no son la misma reserva. Puedes tener una de sobra y sequía de la otra, y la sequía es lo que duele por la noche.

Por qué puedes estar a gusto con poco contacto, y cuándo la calma se inclina hacia la soledad social

La otra cara es igual de real y se juzga mucho más duramente. Mucha gente ve a muy pocas personas en una semana cualquiera y se siente del todo bien, porque tiene uno o dos vínculos cercanos que cubren la necesidad emocional y sencillamente no quiere una vida social grande. La soledad escogida no es la soledad que pesa. Una semana tranquila puede ser una semana de descanso, y no hay nada roto en preferirla. Si te inclinas por aquí, estar a solas sin sentirte solo es una habilidad que quizá ya tengas más desarrollada de lo que te reconoces.

La calma se inclina hacia la soledad social cuando la ausencia empieza a notarse como una carencia. La señal suele ser una envidia pequeña y triste: ves a un grupo de amigos riéndose y sientes que la puerta está cerrada para ti, o pasa una temporada en la que nadie te invita a nada y notas el silencio de un modo que antes no notabas. Esa es la señal de que te falta pertenencia, no soledad escogida. Si el ánimo bajo se ha alargado meses en lugar de días, vale la pena entender la soledad crónica y en qué se diferencia de un bajón pasajero, porque la soledad prolongada puede ir cambiando en silencio la forma en que lees a los demás.

Averiguar cuál de las dos sientes, porque la solución es distinta para cada una

Aquí tienes una manera sencilla de comprobarlo. Imagina dos noches. En la primera, estás en una reunión animada llena de conocidos simpáticos. En la segunda, estás en el sofá en una conversación larga y fácil con una persona que te entiende del todo. Ahora fíjate hacia cuál se inclina tu pecho. Si la reunión suena a alivio, seguramente te falta pertenencia, y la respuesta son más salas a las que entrar: un grupo, una actividad fija, un ambiente que se reúna lo bastante a menudo como para que las caras se te vuelvan conocidas. Si la conversación profunda es la que anhelas, te falta cercanía, y sumar más conocidos no lo va a arreglar. Necesitas ir más hondo con una o dos personas, no más ancho con veinte.

Esto importa porque apuntar el remedio equivocado a la soledad equivocada te deja cansado e igual de solo. Las personas con soledad emocional a veces llenan la agenda y se preguntan por qué siguen sintiéndose vacías. Las personas con soledad social a veces lo vuelcan todo en un solo vínculo que no puede cargar con el peso de toda una tribu ausente. Hay también un círculo que conviene conocer, porque la soledad de cualquier clase tiende a hacernos retroceder en vez de tender la mano, algo que tratamos en El bucle de la soledad: por qué estar solo te hace retraerte. Y los acontecimientos de la vida pueden inclinarte hacia una clase en concreto: una ruptura suele caer como soledad emocional aunque tus amigos sigan estando todos ahí, y por eso tanta gente acaba soltera y sola al mismo tiempo a pesar de tener compañía de sobra.

Dónde encaja Bubblic

La mayoría de herramientas que prometen ayudar con la soledad apuntan en realidad a la clase social: te ayudan a encontrar grupos, eventos, gente que hace el mismo pasatiempo. Eso es bueno para la pertenencia, y vale la pena usarlo cuando lo que te falta es pertenencia. Pero los planes de grupo hacen muy poco por la clase emocional, porque esa necesidad es de una voz real y sin prisa, no de una sala más grande. Bubblic está hecho para ese hueco. Es un chat de voz uno a uno, sin presión, que te conecta con una persona de verdad con quien hablar, sin perfil que pulir y sin emparejamiento que ganar, y funciona entre husos horarios, así que cuando el vacío llega a las 2 de la madrugada y todos los que conoces están dormidos, sigue habiendo un ser humano real con quien hablar. A veces una conversación honesta hace más que un fin de semana repleto.

Dos sentimientos, dos respuestas

Si tu soledad te ha resultado confusa, probablemente sea porque la has tratado como una sola cosa cuando son dos. Date un momento para preguntarte hacia qué se inclina de verdad tu pecho esta noche: una sala llena de gente, o una persona que te conoce de verdad. Sea cual sea, puedes apuntar hacia ella directamente en lugar de lanzar un socializar genérico a un sentimiento que necesita algo más concreto. Las dos clases se alivian con el tipo de contacto adecuado, y nombrar la tuya es el primer gesto amable que puedes dar hacia ella.

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Preguntas frecuentes

¿Puedes sentirte solo teniendo muchos amigos?

Sí, y es más común de lo que la gente admite. Esto es soledad emocional, el anhelo de cercanía más que de compañía. Puedes tener una agenda llena de amistades cálidas pero superficiales y aun así anhelar una persona que te conozca de verdad, de esas a las que puedes llamar cuando pasa algo bueno o difícil. Una vida social agitada hace poco por esto, porque la necesidad es de profundidad, no de cantidad de gente. La solución suele ser ir más hondo con uno o dos vínculos que ya tienes en lugar de sumar más conocidos.

¿Qué causa la soledad emocional?

La soledad emocional viene de echar en falta un vínculo cercano y de confianza, no de echar en falta gente en general. Entre las causas comunes están las amistades que se quedan agradables pero nunca llegan a ser personales, mudarte lejos de quienes conocían toda tu historia, una ruptura o una pérdida, o una relación que se ha ido quedando callada con el tiempo. También puede ir formándose poco a poco si has pasado años siendo quien escucha y nunca a quien se escucha. El hilo que recorre todo esto es el mismo: la compañía está presente, pero la sensación de que alguien te conoce de verdad no.

¿Cómo saber qué tipo de soledad tienes?

Una prueba rápida ayuda. Imagina dos noches: una en una reunión animada de conocidos simpáticos, la otra en una conversación larga y fácil con una persona que te entiende del todo. Fíjate hacia cuál te inclinas. Si la reunión suena a alivio, seguramente te falta pertenencia, lo que apunta a soledad social y a la necesidad de más salas a las que entrar. Si la conversación profunda es la que anhelas, te falta cercanía, lo que apunta a soledad emocional y a la necesidad de ir más hondo con alguien en lugar de más ancho con muchos.

¿Puedes tener soledad emocional y social a la vez?

Puedes, y a mucha gente le pasa, sobre todo tras un gran cambio de vida como mudarse de ciudad, una ruptura o empezar de cero en un sitio nuevo. En esos momentos puede faltarte tanto un confidente cercano como un sentido de pertenencia a algún grupo, así que las dos clases te aprietan a la vez. La parte buena es que responden a acciones distintas, así que puedes trabajarlas en paralelo: busca una actividad o un ambiente fijo para reconstruir la pertenencia, y a la vez invierte tiempo real y sin prisa en uno o dos vínculos para reconstruir la cercanía. Nombrar ambas es el primer paso.

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